miércoles, 30 de abril de 2008

Poesía entrerriana

Con prólogo y selección a cargo de Marcelo Leites acaba de aparecer en internet esta Antología que reúne a algunos poetas de Entre Ríos.
Dice Leites en su prólogo:
"Los poetas seleccionados responden a los imperativos de la época. Quiero decir, todos se ajustan al verso libre, de métrica variable o amétrico y al ritmo propio del que escribe; al habla cotidiana y al entorno. El país y la ciudad de origen no deberían impedirnos advertir que así como hay escritores demarcados geográficamente, hay otros que resulta difícil asociarlos con un lugar determinado, ya que las formas y los temas de sus poéticas exceden los rasgos particulares.
No hace falta enfatizar la pertenencia como si fuera una bandera; las raíces son tan insoslayables como la luz y los ríos que nos atraviesan. Por lo demás estos parámetros no son fijos; hay movimientos estéticos en consonancia con los desplazamientos del escritor. El espacio urbano se mixtura con el espacio natural y, a veces, se contaminan entre sí. Un escritor que vive en la provincia no escribe igual que otro que vive afuera; el imaginario probablemente siga siendo el mismo, pero las formas cambian. Tres de los poetas seleccionados escribieron su obra fuera de la provincia y ejemplifican lo que vengo diciendo. Durand, Ríos y Almada han creado espacios de circulación para sus textos y los de muchos otros autores (a través de las editoriales Ediciones del Diego, Interzona, Carne argentina) y han recibido una atención más o menos considerable de la crítica y de otros escritores, lo que les ha permitido recitar sus poemas en lugares diversos y publicarlos en diferentes formatos. No obstante este reconocimiento ocurre especialmente en la gran urbe; mientras que en la provincia estas voces no ingresan dentro del canon de lo legible, por lo tanto quedan tan afuera como Zelarrayán o como lo estuvo el primer Calveyra. "

martes, 22 de abril de 2008

Pompeya (borradores)

No en mi moleskine... es tan linda que no me animo a embarrarla con mi letra.
Hace un par de meses estoy trabajando con María José Algueró; el proyecto es escribir una suerte de novela acerca de su madre, una mujer impactante que se llamaba Vicenta y odiaba su nombre así que todos le decían Cuca. En uno de nuestros últimos encuentros (María José vive en un atelier, en Palermo, con un gato precioso; su casa es tan diminuta como ella y, como ella, está repleta de cosas), me mostró una de las fotos más hermosas y extrañas que vi en la vida: Cuca, joven y bellísima, altísima, flaquísima, con el pelo larguísimo, está sentada en el patio, tiene puesto un vestido de verano y está fumando, sonriendo; detrás de ella, dos hombres o tres, también posan y sonríen, son empleados de la curtiembre, empleados suyos; y a los pies de Cuca tendido (¿rendido?) un enorme león! Está muerto, claro, pero eso en la foto no se nota, tiene los ojos abiertos y amarillos. Que esté muerto es una circunstancia nada más. Porque en ese patio, Cuca bien podría haber tenido un león y andá a decirle algo.
De estas primeras charlas surge el relato que va más abajo... más que relato diría apunte, intento por aflojar la muñeca o, mejor, entrenamiento... voy a tener que entrenar duro para poder atrapar a Cuca y que no me coma el león.

Marta
Una tarde de sábado, de primavera, de mucho sol Marta me bañaba en el patio. A Marta le gustaba bañarme y Mamá la dejaba. Cuando hacía frío colocaba el fuentón en la cocina y dejaba las hornallas encendidas. Cuando estaba templado, como aquella vez, y además era fin de semana y la curtiembre estaba cerrada, lo sacaba afuera y lo llenaba de agua tibia. Me bañaba en ese improvisado baño, enorme, con el cielo como techo; rodeada de macetas y los perros de mi casa que metían el hocico para tomar el agua jabonosa y me hacían cosquillas con la lengua.
Marta era una mujer muy pulcra. Me frotaba con la esponja una y otra vez.
-Me la vas a gastar de tanto fregarla.- Decía Mamá.
-Basta, Marta, que me hacés doler.- Me quejaba yo viéndome los bracitos enrojecidos. (Ver relato completo.)

domingo, 20 de abril de 2008

miércoles, 2 de abril de 2008

Revista Los asesinos tímidos/Número 11

Entre nos
Crítica

Una chica de provincia por Marina Arias

Desde tiempos inmemoriales "bello", "ágil" y "reflexivo" han sido tres calificativos difícilmente pasibles de ser asigandos simultáneamente a un mismo texto literario. Lo retóricamente disfrutable no suele ser prolífico en nudos narrativos, así como las historias atrapantes por lo general no invitan a demasiada introspección. Una chica de provincia -los relatos reunidos de Selva Almada sobre su infancia en Entre Ríos- es una feliz excepción a esa regla: es imposible no leerlo de un tirón así como es imposible no detenerse a paladear descripciones como "cubiertos los escotes con la mantilla azul de las glicinas. Oculto el pellejo de los cogotes tras las varitas de retama florecida. Sucias las faldas de hojas y espinas y cabos y pétalos sueltos; el olor de los sobacos mezclado al de las flores y el incienso" o "aquel había sido un verano sin lluvia y las paladas de tierra cayeron sobre el ataúd como si lo estuviesen apedreando". Al mismo tiempo, la pluma de Selva Almada, como una suerte de magadalena proustiana, nos echa en cara algo de la sabiduría infantil perdida en el camino: "la muerte de un hombre parecía no cambiar nada, sin embargo la muerte de un perro lo cambiaba todo"; "el mundo de los adultos nos interesaba poco y nada, a lo sumo nos provocaba una cierta curiosidad de entomólogo (...) los queríamos, pero había una suerte de compasión en nuestro afecto".
Pero como los grandes escritores y a través de una lograda narradora en primera persona, la autora se anima a reflexiones que una vez enunciadas se presentizan como verdades íntimamente ya sabidas: "en la mitad de mi infancia aprendí lo pequeño y tedioso que era el universo de las niñas" o "hay una época, en ese período de tiempo entre los once y los trece años, en que la amistad entre chicas es algo especial. Tiene poco y nada de fraterno y se parece bastante más al amor".
Niños, Chicas lindas y En familia son los títulos de los libros de relatos agrupados en Una chica de provincia. El primero cuenta la infancia compartida con su primo hermano, Niño Valor, quien "era el único amigo que tenía en el mundo". Pero también cuenta de la Abuela, a quien la dureza de la vida ha llevado a ver sólo un chancho en Peludo, la mascota de los chicos inevitablemente carneada una mañana de verano. Y de la madre, quien dice preferir asistir a los velorios a la medianoche porque "es un momento íntimo, donde la muerte se despoja de exageraciones y se torna genuina, natural. Algo que le está pasando a otro, es cierto, pero que tarde o temprano nos va a suceder". Y del padre quien "trabajaba en Obras Sanitarias desde que el Carlos Carruega ganó el gordo de navidad y dejó el puesto, y lo más cerca del cielo que podía llevarme era sobre sus hombros".
En un tono algo más puigiano y bastante más desolador, Chicas lindas da cuenta de la pubertad de la narradora, esa época en que convertirse en mujer de una vez por todas es un hito anhelado.
Narrado tanto en primera como en tercera persona, En familia resulta el relato menos autobiográfico. Quizá por eso en una primera lectura puede parecer el más "literario" de los tres. Pero el mayor talento de Selva Almada está en tornar invisible el trabajo de escritura para hacernos sentir que las descripciones hermosas, las lúcidas observaciones y las historias atractivas surgen de su memoria y llegan a la nuestra sin mediaciones. LAT