jueves, 29 de octubre de 2009

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Fragmento de un relato escrito bajo los influjos del perfume venenoso de la Fleur Jaeggy, hace dos años.
El matrimonio
Irma Zack está toda vestida de blanco. De novia. Afuera el viento silba, la noche se cierra como un puño alrededor de la aldea, de la casa paterna del Sr. Zack, que ahora es su casa. Se mira en el espejo. No se ha sentido bella en todo el día. La falda le chinga. Un defecto que las manos de hada de la prima Adele no pudieron corregir, aunque disimuló con unos diminutos alfileres. Le parece que no es un buen comienzo para una novia y teme.
Ahora por fin puede sacarse el vestido. Debe quitárselo para no volver a usarlo nunca. Sobre la cama doble está la caja de cartón que la misma Adele forró en papel de seda, como un ataúd floreado, esperando el vestido, los restos de su soltería. Una vez que lo guarde y lo cubra con el finísimo, crujiente papel, irá a la parte alta del ropero, de donde no volverá a salir nunca.
Irma comienza a quitarse el traje de novia. Antes de salir, Adele le ha soltado la larga hilera de pequeños botones forrados en satén, uno debajo de otro, siguiendo la línea de la columna vertebral. Lo pliega tal como Adele le ha indicado. Antes de poner la tapa, lo mira una última vez y trata de alejar los malos pensamientos.

Afuera, en el pasillo, el Sr. Zack espera vestido con el pijama de estreno. Se mojó la cabeza y se puso mucha loción para tapar los vahos alcohólicos de la fiesta. Tiene la pija dura.