lunes, 14 de marzo de 2011

Dos propuestas dos


Clínica de narrativa, los martes de 19 a 21

Taller de escritura, los miércoles de 19 a 21

jueves, 10 de marzo de 2011

Casualidad

De las cuatro manzanas de las calles 28 y 51, tres son terrenos baldíos y sobre la cuarta se levanta un barrio de viviendas del gobierno. Al mediodía estaba en esa intersección de calles -una de tierra, la otra de un asfalto desvaído-, sacando unas fotos. A mi espalda, una mujer me dice:

-Sáquele, sáquele y que las vea el gobernador, que vea cómo nos tienen acá con ese basural lleno de moscas.

Me doy vuelta. Es una mujer joven y lleva una bicicleta de tiro, está por entrar a la casa de la esquina.

-Buen día... una pregunta, acá es dónde apareció el cuerpo de la chica Quevedo?

-No, no. Ahí tiraron el torso de la Maira Tévez, el año pasado. No, a la chica Quevedo la tiraron ahí enfrente-, responde y me señala otro baldío, podría decirse, un poco más amable, sin basura, sólo pastizales y algunos árboles achaparrados.

-Vos vivías acá en esa época?

-No, acá no había nada... me mudé después, cuando hicieron el barrio. Pero fue ahí. Mi marido fue uno de los que la encontró. Mi suegra siempre cuenta esa historia.

-Y él está ahora?

-Sí, está adentro con la nena... Espérese que le pregunto si quiere hablar con usted.

Mientras, voy al auto a buscar el grabador... acalorada y confundida con mi repentina buena suerte.

La mujer me hace pasar a la casa, pequeña, modesta, ordenada. Un hombre de unos 40 años le está dando de comer a una nena de 3. Le explico por qué estoy ahí. Él me dice que bueno, pero que no quiere problemas, que ya bastantes tuvo en aquellos años.

Y me cuenta la historia que es breve y sencilla: él y un amigo, adolescentes, estaban abriendo la boca en la represa, pescando a garrotazos nomás, cuando, de repente, medio escondido abajo de un árbol, vieron el cuerpo. Se pegaron el susto de sus vidas y salieron corriendo a buscar a un mayor para contarle lo que habían visto. El adulto llamó a la policía, etcétera.

Les agradezco y cuando estoy abriendo la puerta la mujer me vuelve a hablar del tema del basurero y las moscas:

-Acá a la tarde no podés sentarte ni a tomar un mate afuera de las moscas que hay...

Me quedo pensando en este hombre: 20 años después de lo que seguramente fue el hallazgo más tremendo de su vida, se anota en un plan de viviendas y, por sorteo, le toca una casa justo enfrente de donde encontró a la chica muerta. Y, por si fuera poco levantarse todos los días con vista a la antigua represa, unos años después, también enfrente de su casa, aparece un pedazo de otra chica.

jueves, 3 de marzo de 2011

Gitanas

Estoy en la plaza de Sáenz Peña, a las 3 de la tarde, corriéndome de banco a cada rato para agarrar las pocas hilachas de sombra de los árboles, leyendo un diario viejo y un librito que se llama 25 crímenes de la crónica policial saenzpeñense, del historiador Raúl López... un rato el diario, un rato el libro. Matando el tiempo muerto de la siesta. Envidiando a los durmientes en sus camas, con sus ventiladores o aires acondicionados, adentro de las casas con las puertas y las ventanas cerradas a cal y canto... como los bares: ni un sol bar abierto a estas horas.

Entonces, bajo la luz uniforme de una esquina, explota el color: dos gitanas gordas, de pelo largo, pañuelos, caravanas, pulseras, anillos, dientes, todo de oro. Me ven y se vienen como moscas a la miel.

-¿Te leo la suerte?

-No.

-¡Qué lindos ojos tenés! (La lisonja.)

¿De qué parte del pueblo sos?

-No soy de acá.

-Eso se nota. (¿Otra lisonja o qué?)

-Dejame que te lea la suerte.

-No.

-¿Sos evangelia? (La desconfianza o la burla.)

-No. Pero no me gusta que me lean las manos.

-Entonces comprame unas agujas.

-Bueno.

-Dame la mano que te la leo como amiga. (¿Que querrá decir "como amiga"? ¿Que sólo va a decirme cosas buenas?)

Agarro el paquete de agujas -la vieja canastita de cartón- y meto las manos debajo de las piernas para que no vaya a leérmelas de prepo.

-Dame que te leo la suerte de amiga.

-No. No quiero.

Masculla algo mirándome torcido y se van las dos. (¿Me habrá echado una maldición?)

Supongo que tendré que esperar un tiempo para saberlo. Por lo pronto ya tengo bastante infortunio con tener que esperar dos horas más en esta plaza donde hasta las ánimas se fueron a dormir la siesta.